Se suponía que internet sería el gran igualador. Una red global que conectaría a cada ser humano en la tierra, daría voz a todos y crearía oportunidades sin fronteras. Por un breve y brillante momento en los años 90, parecía que realmente cumpliría esa promesa.
Entonces llegaron las corporaciones.
Descubrieron que la conexión podía monetizarse. Que la atención era una mercancía. Que los detalles más íntimos de una vida humana — tus conversaciones, tu ubicación, tu salud, tus relaciones, tus miedos, tus compras, el comportamiento de tus hijos — podían ser cosechados, empaquetados y vendidos al mejor postor.
En dos décadas, internet se transformó de la mayor herramienta de conexión de la humanidad en la máquina de extracción de riqueza más eficiente jamás construida. Billones de dólares fluyen hacia arriba anualmente — generados enteramente por las personas que usan estas plataformas — y ni un centavo regresa a los humanos que crearon ese valor.